"Lo más duro fue estar encerrados viendo el tiempo pasar", indígenas desplazados en Bahía Solano

Este jueves 28 de enero de 2021 se cumplieron 8 días de haber comenzado el proceso de retorno de 905 indígenas #embera a sus comunidades abandonadas, luego de que a principios de diciembre de 2020, violentos asesinaran a Miguel Tapí, uno de los líderes del poblado de Bakurú Purrú, en la zona del alto río Valle, en #BahíaSolano.

Ese día, desde muy temprano, las familias aguardaron en varios puntos de la ribera del río Valle, en el corregimiento del mismo nombre que los albergó por más de un mes, tras huir de sus territorios por el miedo.


Más cargados que cuando llegaron, pues llevaban con ellos ropa, colchonetas y comida entregada por diferentes entidades; las canoas de madera pudieron transportar menos integrantes de los que cada familia transportó cuando apurados por el temor, se lanzaron al río hace más de un mes en búsqueda de protección.


Después de hora y media por el serpenteante río Valle, extremadamente seco en varios tramos por el verano que amenaza con atenuarse, por fin se empezó a ver el arribo de una y otra, y otra canoa.

El retorno, (que finalmente demoró tres días), no fue fácil y el miedo aún se visualizaba en los ojos de muchos, sobre todo los mayores, porque los niños, cuando por fin llegaron a su hogar, brincaron al agua a nadar, unos con sonrisas enormes y otros con arpones improvisados para capturar cualquier desprevenido pez que por allí estuviera, como volviendo a la libertad.


Y es que el tema del albergue no fue sencillo. Imagínense a casi mil personas, muchos de ellos niños, metidos en pequeños salones de clase llenos de moho y humedad por tantos meses de estar vacíos. Además, una pandemia para la que la principal recomendación era el distanciamiento y ni los más civilizados en las grandes ciudades estaban preparados, ni aún lo aceptan.


Sergio Dogirama Machuca, un joven de apenas 21 años en compañía de su mujer y sus dos hijos, Diyin de 3 y Sergio de casi dos, contaba con voz baja como si quisiera que no lo escucharan, mientras miraba un helicóptero aterrizar cerca de su comunidad, que lo más duro de todo fue estar lejos de su casa y estar encerrados sin hacer mayor cosa, mientras veían el tiempo pasar.


Al regreso, como muchos de sus vecinos y familiares, él encontró su casa sucia y rodeada de esa maleza, que en esta región selvática del Pacífico, aprovecha que no la ven y se dedica a crecer y crecer hasta que el amo de casa le ponga control.

Viendo caminar por este pequeño caserío a tantos perros raquíticos y casi en los huesos, le pregunté a Sergio si había encontrado el suyo en muy mal estado. Con una tímida sonrisa me respondió que no. Era parte de su familia y como tal, cuando se habían ido, también lo subió a la canoa y lo llevó consigo.





Varios otros también hicieron lo mismo y la diferencia era obvia. A leguas se notaba los que se habían quedado. De qué habrán sobrevivido, me quedé pensando... bueno, quizá las gallinas que desaparecieron terminaron siendo su banquete en algún momento.


Mientras seguían llegando canoas atestadas de cosas y con algunas personas, poco a poco El Brazo iba tomando vida. Creo que sus habitantes nunca habían visto tanto despliegue antes: el alcalde, que incluso se embarcó con ellos en el regreso, el personero, militares, medios de comunicación... todos allí por ellos, tratando de convencerlos con las mejores intenciones, de que los seguirán acompañando, de que la seguridad estará garantizada, pero la verdad, es que eso, aquí en Colombia, o mejor, en esta Colombia profunda, como la llamó el presidente en su más reciente visita a Bahía Solano, nadie lo garantiza.

Por ahora, Sergio, sus padres, suegros, vecinos y todos en su comunidad y las otras tres que también se desplazaron en solidaridad, esperan que no los olviden, que les cumplan con todas las promesas de reparación que el Estado les hizo y que tantas ONG, fundaciones y demás entidades nacionales e internacionales prometieron velar por que se cumplieran.


Pero sobre todo, ellos esperan que la muerte de su amigo, hermano, vecino, padre y líder no quede impune como muchas en este país y que no tenga que ocurrir otro asesinato o un nuevo desplazamiento, por cierto, catalogado como uno de los más numerosos en Colombia en los últimos años, para que se vuelvan a acordar de ellos.





Por: Mónica Escobar.

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